Los opuestos no se atraen tanto

Siempre me han causado cierta curiosidad las creencias populares y su correspondencia con la realidad, o por lo menos con lo que podemos deducir usando la estadística, las matemáticas y el método científico.

Es común encontrarnos con estos dichos tradicionales que pasan de boca a oído generación tras generación y que han sido internalizados al punto de creerlos y aceptarlos como una verdad absoluta, sin la necesidad de una comprobación real, al punto de, incluso, dejarnos guiar por ellos en la toma de nuestras decisiones.

Uno de estos es el famoso “Los opuestos se atraen”, del cual suelen surgir explicaciones alternativas para justificar esta creencia, como la idea de que al ser un opuesto, este complementaría las falencias o carencias del otro, como si se tratase de un rompecabezas que requiere de las demás piezas para poder completarse.

En lo personal esto nunca me pareció muy acertado debido a que lo que entendemos por completitud para este caso sería totalmente contraproducente. Imaginemos que a nosotros nos gustan las hamburguesas de los arcos dorados y a nuestra pareja las del rey, llegados a decidir dónde comer no podríamos ponernos de acuerdo, aquí no hay complemento, por el contrario, un desacuerdo absoluto entre dos personas con gustos opuestos.

Pero vayamos a otro ejemplo un poco menos banal. Asumamos que tienes un pensamiento crítico, te riges por el método científico y consideras que para algún padecimiento, la mejor opción a mano es asistir a un centro de salud y realizarte los estudios necesario, pero tu opuesto, que en teoría te complementa, cree que realizar algunas imposiciones de manos, presionar sobre algún punto específico en los dedos de tus pies, o acudir a la homeopatía te resolverá el problema. Definitivamente aquí tendríamos otro gran problema en puerta, ya que el pensamiento del primero es totalmente incompatible con el segundo (¡Por suerte!). Nuevamente, y en temas bastante más complicados que la simple elección del lugar donde comer, el opuesto no complementa.

Y es justamente esto, o una aproximación a este hecho lo que un estudio realizado en España muestra. En este caso, el estudio, aunque tiene un par de años, plantea que el emparejamiento en las personas es más propenso a realizarse en base al nivel de coeficiente intelectual, lo que impactaría en todos los demás aspectos de la persona.

La tendencia a emparejarse selectivamente según la variable inteligencia implica una semejanza entre los miembros de la pareja en las facetas que definen el concepto de inteligencia, es decir, la aptitud para razonar, planificar, resolver problemas, pensar de modo abstracto, comprender ideas complejas, aprender con rapidez y aprender a partir de la experiencia. Es decir, existe semejanza entre los miembros de la pareja en la capacidad para comprender el ambiente.

Al mismo tiempo, el estudio plantea justamente lo que comentaba más arriba, y es que el hecho de tener dos personas diametralmente opuestas sobre sus personalidades no es un factor por el cual se conforme una pareja. Una persona introvertida no buscará una extrovertida como pareja, o por lo menos, estos serían casos excepcionales.

Aunque existen regularidades en qué tipo de cosas eligen las personas, la elección de pareja según una eventual semejanza en personalidad parece constituir una excepción.



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