Engáñame que me gusta

Dilbert, estos dibujos de Scott Adams, son todo menos gracioso. Aunque causan risotadas que prácticamente sacan de lugar las mandíbulas, no se deben a lo cómico, si no a lo real. Por tal motivo, la única gracia es la de verse al espejo y burlarse de nuestra propia fealdad.

En la tira de hoy, he podido ver algo que he vivido muy de cerca más de una vez, y por tal no he podido salir de mi asombro, aunque siempre quedo en shock cuando leo a Scott (Dilbert), ya que en un porcentaje muy alto representa situaciones por las que he pasado, sumado al hecho de que, a la distancia, en otros países, en otras culturas, las experiencias sobre el desarrollo de software suelen ser idénticas a las que se cuecen por estos lados.

Si traducimos un poco a la realidad del desarrollo de software veremos que aquello que le pasa al equipo de Dilbert es natural en nuestro quehacer diario. El no contar con definiciones sobre las tareas a realizar suele ser común, y en la mayoría de los casos se hace frente a este problema de la forma más ridícula posible. Asumiendo que es así, y que simplemente habrá que seguir adelante con todo el proceso vinculado al desarrollo del producto. Como Dilbert acertadamente comenta, la salida rápida (O simplista) a este percance es el tratar de adivinar que es lo que el cliente (sea interno o externo) quiso decir con el escueto comentario o la nula definición sobre la tarea a realizar. A este poder deductivo se suma la obligatoriedad de la estimación de tiempos que, si pensamos en la palabra estimación esto de por si refleja una posibilidad a futuro y no una certeza. Y bajo este parámetro problemático, algo que no es certero, hace que toda la situación se convierta en un auto engaño, una mentira total. Por supuesto, este engaño no se queda solo en esto, si no que va mucho más lejos, ya que mágicamente la cantidad de tiempo disponible para el proyecto siempre quedará en concordancia con el total del tiempo estimado, presentando unos hermosos números para que todos queden felices.

Y si esta situación no nos resulta alarmante, pensemos que el engaño va más lejos cuando pseudos gurúes informáticos, aquellos que suelen tener formulas mágicas para básicamente todo, desde modelos de desarrollo de software hasta matemática avanzada que puede medir hasta las respiraciones por segundo expelidas por un desarrollador, tester, o arquitecto, hace que terminemos por confiar en sus apreciaciones, aceptando el hecho de que todo irá sobre ruedas, aunque el gurú desaparezca durante el proyecto, y solo vuelva cuando este haya fracasado, teniendo, por supuesto, las recetas correctas del porqué fracasó, y asegurando que si se hubiesen seguido sus lineamientos nada de esto hubiera pasado.

Lo cierto es que para desarrollar software exitoso no se necesita nada extraordinario, simplemente deberemos tener en nuestras manos aquello que sirve de cimientos para entender qué y cómo hay que hacer lo que el cliente necesita, y esto incluye especificaciones claras, no extensas, simplemente claras, así como asegurarse de que se podrá preguntar al cliente, en cualquier momento, las dudas que pudieran aparecer para poder seguir avanzado, al mismo tiempo, poder mostrarle a nuestro cliente que estamos haciendo, para que este pueda guiarnos si es que, aquello que estamos desarrollando no es del todo correcto, o estamos recorriendo el camino certero.



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