El verdadero valor de las certificaciones

Es un hecho, prácticamente asumido de forma natural para aquellos que circundan las ingenierías informáticas el tener que comportarse como un atleta olímpico, corriendo constantemente detrás de la nueva y ultima tecnología, adquiriendo nuevos conocimientos en ciclos cada vez más cortos, viéndose obligados a reciclar sus conocimientos posiblemente, en la actualidad, cada seis meses o menos.

Esto suele ser desgastante, más para aquellos que vienen rearmando su conocimiento durante años. Aunque más que soler, resulta inevitable. El agotamiento intelectual, haciendo uso de la analogía del atleta olímpico, equivaldría a que este, el atleta, corriera los cien metros llanos de forma constante, siempre faltándole diez o veinte metros más para llegar. Algo que ni el corredor mejor entrenado podría soportar. Algo que ni la mente más brillante podría soportar.

En todo caso lo que aquí queremos citar no es una apología a la mediocridad o el conformismo. Por el contrario, se intenta analizar uno de los mecanismos de defensa en el que incurrimos como informáticos para palear esta carrera desenfrenada y darnos un respiro cerebral.

Uno de estos mecanismos, y considerados el súmmum del esfuerzo en esta carrera intelectual es el obtener una certificación sobre la tecnología por la cual se ha estado corriendo durante algún tiempo. Esta certificación tiende a representar una especie de sello mágico que impide ir hacia atrás, que impide perder el conocimiento adquirido, como si una vez certificado, ese conocimiento quedara impreso a fuego en nuestros cerebros, pudiendo demostrar con la certificación el conocimiento adquirido y no necesitar demostrarlo de forma tangible. Por supuesto, esta es la defensa, la forma en como creemos que utilizaremos dicha certificación. Pero existe un problema, ya que esta certificación, en base al tiempo de reciclaje de las tecnologías deja de ser válida prácticamente en el mismo instante que la persona la obtiene.

Más allá de este problema, mismo que puede ajustarse más a algunos casos de certificación que a otros, el certificar una tecnología acarrea otra problemática, problemática que está relacionada con el valor de la misma. El valor de la certificación varía no en base a la certificación del conocimiento, si no a la sociedad donde se la aplica. El problema radica en la importancia que la sociedad, la comunidad, le da a esta certificación. Basados en esta importancia aquel que la obtenga podrá gozar de beneficios extras, o carecer absolutamente de todos.

Así vemos como empresas pretenden tener personal certificado, incluso como una base mínima esperable para ocupar un cargo interno, pero no valorar la misma como fuentes certeras de conocimientos. En otros casos podremos ver como en un país resulta deseable contar con certificaciones en una tecnología específica restándole valor a otras independientemente de la complejidad del conocimiento necesarios para obtener la misma. Simplemente no importará si se cuenta con certificaciones sobre metodologías Agile, o PMI, o Microsoft .Net, o Java, u Oracle, si la comunidad informática no le otorga el valor necesario.

¿Cual es el verdadero valor de una certificación? La respuesta es simple. Una certificación vale lo que la comunidad puntúa. Por tal motivo, aplicar esta forma de defensa en esta carrera de actualizaciones ininterrumpidas puede resultar ser una trampa angustiante mucho mayor que la misma interminable carrera. Entonces, si consideramos que es la comunidad la que emite el juicio de valor es imperioso involucrar a esta en el proceso de creación de una certificación y aceptación del nivel de conocimientos y no esperar que sean solo las mismas empresas que crean la tecnología aquellas que avalen el conocimiento o pongan el valor sobre la certificación, esperando que este valor se esparza alrededor del globo y sea aceptada por cada comunidad valorando el esfuerzo en el cual incurrió el certificado para obtener el galardón.



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